"Yo
soy la resurrección y la vida... ¿crees esto? "
(Juan 11,25-26)
A quien ha perdido un/a hijo/a, un/a hermano/a, ó un amigo/a,
padre/madre, esposo/a, tío/a entrañable; te deseo de
parte de Dios
Vivo y Verdadero, la paz que supera todo lo que podemos pensar
( Ej: "¿por qué...?), la paz que cuida tus quereres
y pensamientos... (filipenses 4,7).
Es difícil, muy difícil darte argumentos de fe, poner
palabras en una mente, en un corazón como el tuyo en el que
prevalece el vacío, el dolor de una muerte y encima, de una
muerte por suicidio.
Por eso no es mi intención hacerlo. Simplemente toma estas
palabras como signo de la presencia de alguien que, sensible, en la
distancia, a tu dolor, quiere decirte aquí estoy, de parte
de Dios".
Dicen que el dolor compartido se alivia, se aligera, por eso quiero
compartir "en la cercanía de la oración" tu
dolor.
Y, para que, de esta cercanía, nos abramos a la mejor y más
inaudita cercanía, la de Dios-con-nosotros", te invito
a compartir la escena de Jesús con Marta y María que
están llorando a su hermano fallecido Lázaro.
¡Cuántas veces habrás pensado, e incluso renegado,
con Dios: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano
no hubiera muerto"(Juan 11,21.32)! Esa sensación que tan
frecuentemente tenemos de un Dios ausente, un Dios por el que nos
preguntamos "si es verdad que existe, ¿Dónde está?".
Es muy natural que hayas pensado: "Dios se borró, se bajó
de la historia de quien se quitó la vida ¿por qué?".
Y sin embargo contra ese pensar muy natural, la fe te dice: la presencia
bondadosa y vivificante de Dios atraviesa toda la historia de la humanidad,
toda la historia de cada pueblo, toda la historia de cada persona,
incluso en los momentos más oscuros, en los momentos más
tenebrosos... los momentos agradables y felices de la historia son
los que van anticipando la promesa: "Cielos nuevos y Tierra nueva",
los momentos difíciles son los que claman, piden a gritos,
la intervención de Dios y nuestro compromiso a favor de la
vida.
Y Dios ya intervino, preparando la venida de su hijo, luego fecundando
el seno de María, mas tarde haciéndolo capaz y valiente
de enfrentar a los poderes del mal y de la muerte.
En
este punto, su muerte y resurrección son la mayor garantía
de que Dios nos amó y nos ama hasta el extremo de enfrentar
la muerte por nosotros y de que Dios tuvo y tiene poder para derrotar
a la misma muerte.
Su triunfo definitivo, que será también el de los que
vivieron, sufrieron y murieron con ÉL ( lo conozcan o no en
el momento de su muerte), ËL mismo lo ha revelado (Ej. : Apocalipsis
21,3-7) y creemos en ËL, aunque no sepamos el cuánto ni
el cómo.
Pero ¿qué pasa con los que se suicidan? ¿no han
pecado "mortalmente", como para que Dios los pueda rescatar
de la muerte?. Te digo que nadie se quita la vida porque sí.
Mejo dicho, creo que nadie "se quita" la vida. Mas bien
"le quitan" la vida circunstancias tan graves como un cáncer,
un accidente, un dolor profundo, aunque sean circunstancias casi imperceptibles
por los que rodean al "suicida". Circunstancias que empujan
al "precipicio de la muerte", quizás irreales para
el resto, menos para el que las sufre con tal sensación de
angustia, desesperación, desequilibrio y hasta locura... aunque
haya sido, insisto, imperceptible para los demás, y haya durado
tan solo un instante en que "fue arrastrado al precipicio".
Por eso creo que hay cielos para los que se suicidan, creo que también
Dios va a triunfar sobre la muerte, creo que Jesucristo dió
su vida para que ellos y ellas un día (aunque nos angustie
nos saber cuándo, ni cómo) resuciten.
Estamos cerca de una fecha... del día en que recordamos a nuestro
ser querido difunto. Te deseo en ese mismo día, en que vas
a sentir el dolor de la ausencia, Dios haga fuerte tu fe en ÉL,
tu fe en el Dios de la Vida, tu fe en el Dios cuya gloria ( es decir,
lo que a él mas le gusta en la historia y en la eternidad)
es que el ser humano viva y viva en abundancia (Juan 10,10), tu fe
tan bellamente expresada en el Credo: "Creo en la comunión
de los Santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección
de la carne y en la vida eterna. Amén ".
Y mientras aguardas el reencuentro con quien se te adelantó
a la meta del Reino, ama profundamente la vida, ámala también
en nombre de tu ser querido fallecido, recordando lo bueno que compartiste
con él / ella, lo bueno que recibiste de él / ella y
comprométete con todo lo bueno que aún nos resta hacer,
a lo largo de nuestra historia, en la lucha a favor de tanta amenaza
por la injusticia, la violencia, el desamor.
Y Jesús una y otra vez, nos seguirá alentando: "les
digo esto para que encuentren la paz en mí. El mundo tendrá
que sufrir, pero tengan valor: Yo he vencido al mundo" (Juan
16,33).
Padre Rodolfo Biano.