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Definición de ABORTO

Aporte enviado por el Doctor Saul Castiblanco

Importante por los títulos que ostenta el autor e importante también por los difíciles casos médicos que plantea a las conciencias, es el reciente artículo sobre la despenalización del aborto publicado en el diario El Tiempo, escrito por el Vicepresidente de la Asociación Médica Colombiana, Dr. Herman Redondo Gómez, quién es además ginecólogo y obstetra.


Nos referiremos aquí a las dos situaciones extremas, en las que él considera ajustada a la ética la práctica del aborto.

La primera es el caso de riesgo para la vida de la madre por causa por su embarazo. Así se expresa el médico: “El embarazo puede poner en riesgo vital a la madre. Me atrevería a señalar que allí no existe el dilema porque sin madre no hay feto. No se trata de pretender ‘acabar’ con una vida que no tiene pronóstico; se trata de salvar la madre aplicando el principio ético del mal menor. En este caso, éticamente se indica la interrupción terapéutica del embarazo.

” El Dr. Redondo, pues, se “atreve a señalar” que aquí “no existe dilema”: Sencillamente, hay que eliminar al feto.

MUY LAMENTABLE ESTE "RECONOCIMIENTO". POR ALGO LA MUJER ESTÁ DE LUTO

El segundo es el caso de malformación genética, pero no de una cualquiera, sino de una malformación genética grave en el niño: “Malformaciones congénitas. Hay dos variantes extremas: una malformación leve, como un labio leporino. Allí no hay dilema, el embarazo debe continuar su curso normal y, luego, el recién nacido deberá recibir cuidados médicos. Una malformación múltiple, incompatible con la vida del feto, como una agenesia o falta de riñones. ¿Para qué continuar un embarazo que no producirá un ser vivo? ¿Para qué alimentar falsas esperanzas y correr riesgos innecesarios? La lógica indica la interrupción terapéutica del embarazo.”

Completa el cuadro que nos interesa la siguiente afirmación: “debemos opinar en este debate y contarle al país la base filosófica de nuestras decisiones, que no queremos que vayan ni en contra de la Ley, ni de la religión que profesamos”.

Resumiendo, nos encontramos, pues, ante un médico de relieve, que se afirma católico, que no desea que sus opiniones vayan en contra de la religión que “profesamos”, y que acepta la “interrupción terapéutica del embarazo” en al menos dos casos.

Entretanto… ¿ha investigado el Dr. Redondo la opinión “de la religión que profesamos”?

Antes de entrar en materia, observemos lo que dice Juan Pablo II acerca de la relativización del lenguaje usado por muchos – entre otros por nuestro destacado médico – para hacer más aceptable ese sombrío crimen:

“Precisamente en el caso del aborto se percibe la difusión de una terminología ambigua, como la de « interrupción del embarazo », que tiende a ocultar su verdadera naturaleza y a atenuar su gravedad en la opinión pública. Quizás este mismo fenómeno lingüístico sea síntoma de un malestar de las conciencias. Pero ninguna palabra puede cambiar la realidad de las cosas: el aborto procurado es la eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento.” (Carta Enc. Evangelium vitae, Juan Pablo II, 25-03-1995).

Primero, reiteremos la categórica condena y grave calificación que la Iglesia hace del aborto procurado:

“Entre todos los delitos que el hombre puede cometer contra la vida, el aborto procurado presenta características que lo hacen particularmente grave e ignominioso. El Concilio Vaticano II lo define, junto con el infanticidio, como “crímenes nefandos” (Carta Enc. Evangelium vitae, Juan Pablo II, 25-03-1995; Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 51, Concilio Vaticano II)

Reflexionemos un poco sobre el segundo caso en cuestión, el de la eticidad del aborto cuando existe una malformación genética grave en el feto.

Como es de conocimiento público, la Iglesia considera ya al embrión un ser humano. Algo que no se puede dilucidar claramente de las afirmaciones del Dr. Redondo, es si él comparte esta convicción. En un principio parecería que sí, pues al oponerse al aborto en caso de violación, se respalda en el Código de Ética Médica, el cual prescribe “velar con sumo interés y respeto por la vida humana, desde el momento de su concepción”.

Sin embargo, decimos no saber a ciencia cierta cuales son las convicciones de nuestro obstetra al respecto. Como hemos visto, él considera que no hay ningún impedimento ético para realizar un aborto en caso de que el feto no tenga riñones: “¿Para que continuar con un embarazo que no producirá un ser vivo?”, se pregunta. Pero, ¿no es el feto un ser vivo humano? ¿O considera que el feto con riñones es ser humano y el feto sin riñones no? Si así es, ¿por qué? ¿Es la posesión de riñones las que hacen al feto ser humano? ¿Cuándo el feto sería un ser humano y cuando no? En el mundo de los adultos, ¿es la posesión de alguna parte del cuerpo la que nos hace seres humanos? ¿Por qué lo que en este caso se aplicaría al adulto no se aplicaría al feto?

Estas preguntas – cuya respuesta es fundamental para la solución a los problemas éticos y morales que plantea el caso en cuestión – por su índole filosófica y moral, trascienden en mucho el ámbito y la competencia de las ciencias naturales. Ellas nos dan los elementos para juzgar acerca de las condiciones y elementos físicos y materiales que circundan y subsisten en la vida humana. Pero muy poco nos pueden decir sobre la existencia, naturaleza o propiedades del Alma Humana, substancia inmaterial, que según la convicción cristiana constituye el principio espiritual forma del hombre, el ente que anima al cuerpo, sin la cual no hay verdadera vida humana y con la cual hay vida humana aunque falten algunas partes del cuerpo. Verdaderamente el hombre no es sólo cuerpo. Diríamos de una manera gráfica en demasía, que el hombre es alma más riñones, pulmones, cerebro y corazón y otras cosas… y a veces sin algunas de ellas…

Ejemplificando, afirma la psicología cristiana que no es el cerebro de donde procede el pensamiento. El cerebro como ente material, divisible, y medible que es, no origina ideas, juicios o raciocinios, pues estos son inmateriales, indivisibles, no son cuadrados o redondos, no son ni grandes ni pequeños. Las ideas no se marchitan como las flores o se descomponen como finalmente ocurre con el cerebro. Ellas permanecen en el tiempo, son universales y no dependen de la materia ni pueden proceder de ella, puesto que la rebasan infinitamente. El cerebro y todo el cuerpo colaboran en el proceso del pensamiento como la vibrante guitarra del compositor le sirve de instrumento para interpretar sus canciones. Y aunque el corazón del hombre pulse más rápido cuando un vehemente deseo le cobija, no es el corazón el que quiere, el que desea o el que rechaza. No son la piel o los nervios los que sienten. El principio espiritual del que proceden nuestros pensamientos y nuestras voliciones, y que “concientiza” las sensaciones es el alma humana.

La propia ciencia además de la evidencia nos informan que una grandísima parte de nuestro ser material corporal se transforma, cambia y es remplazada con el paso del tiempo. Y entretanto, el anciano que repasa la historia de su vida, tiene la convicción de que aquel cándido niño que despreocupado se tropezaba al dar sus primeros pasos, ese joven vigoroso que con rostro desafiante se aprestaba a la conquista del mundo, o el hombre maduro, de apariencia grave, que enfrentaba la vida tal vez agobiado por el peso de sus obligaciones, son el mismo que ahora – nimbado por la alegría de sus conquistas y el sabor amargo de sus derrotas – hace el balance que lo prepara para la mirada divina, la cual escrutará toda su vida, desde la más tierna infancia hasta su muerte.

Esa unidad de identidad, esa clara conciencia del yo individual que no duda de sí a pesar de las modificaciones ocurridas en el tiempo, no la da el cuerpo, porque no la puede dar. La da el alma.

Como médico católico, el Dr. Redondo debió haberse preguntado, o mejor, debió haber preguntado si el feto sin riñones tiene alma.
Infelizmente, podemos decir que con declaraciones harto impregnadas de materialismo, el Dr. Redondo incursionó de manera desafortunada en campos que extravasan su ciencia. Se “atrevió” mal. Es delicado “atreverse” cuando se habla de vidas humanas. Evidentemente, no es este un comentario que aluda a la amplia pléyade de médicos católicos que, conocedores a profundidad de su profesión, como ciertamente lo es el Dr. Redondo, son también ricamente nutridos por la filosofía y la moral cristianas, las cuales afirman argumentada e indefectiblemente que desde el momento de la concepción, el hombre presencia el gigantesco y admirable espectáculo de la aventura del ser humano, ya individuo, ya con alma, diferente de la madre y del padre, al que se le debe respetar el derecho a la vida:

“La gravedad moral del aborto procurado se manifiesta en toda su verdad si se reconoce que se trata de un homicidio y, en particular, si se consideran las circunstancias específicas que lo cualifican. Quien se elimina es un ser humano que comienza a vivir (…)”

“Desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces. (…) Con la fecundación inicia la aventura de una vida humana, cuyas principales capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y poder actuar”. (Carta Enc. Evangelium Vitae, Juan Pablo II, 25-03-1995)

Por lo demás, es el propio avance de la ciencia el que desde su campo ayuda a confirmar la verdad de que, a partir de la concepción, estamos en presencia de una vida humana:
“la ciencia genética moderna aporta preciosas confirmaciones. Ella ha demostrado que desde el primer instante queda fijado el programa de lo que será este ser viviente: un hombre, individual, con sus notas características ya bien determinadas.” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre el aborto, 18-XI-1974)
Resaltemos aquí, que hasta el propio Creador del Universo reverencia la vida humana del que está por nacer. Varios son los textos bíblicos que presentan de tal manera al ser humano en el vientre materno, que según Juan Pablo II, “exigen lógicamente que se extienda también a este caso el mandamiento divino “no matarás”:

“Me fue dirigida la palabra del Señor en estos términos: “Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí” (Jeremías 1, 4-5). El Salmista, por su parte, se dirige de este modo al Señor: “En ti tengo mi apoyo desde el seno, tú mi porción desde las entrañas de mi madre” (Sal 71/70, 6; cf. Is 46, 3; Jb 10, 8-12; Sal 22/21, 10-11). También el evangelista Lucas -en el magnífico episodio del encuentro de las dos madres, Isabel y María, y de los hijos, Juan el Bautista y Jesús, ocultos todavía en el seno materno (cf. 1, 39-45)- señala cómo el niño advierte la venida del Niño y exulta de alegría. “ Mi embrión tus ojos lo veían” reza el salmo 139.(Cfr. Carta Enc. Evangelium vitae, Juan Pablo II, 25-03-1995)

El segundo asunto que nos ocupa, el supuesto caso de “competencia” entre el derecho a la vida de la madre y el del feto cuando la vida de la mujer embarazada corre peligro, es solucionado fácil, rápida y “éticamente” por el Dr. Redondo optando por la eliminación del feto como medio para preservar la vida de la madre. Decimos entretanto, que la ética que inspira a nuestro médico parece más bien cercana a la de Maquiavelo:
“Por tanto, con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos —que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concordado unánimemente sobre esta doctrina—, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente.
Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre

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